Cinco lecciones de vulcanología que aprendimos con la Palma


Desde el pasado 19 de septiembre, el volcán Cumbre Vieja de La Palma (Canarias) cincuenta años después de la última erupción sobre la superficie terrestre española, hemos sido testigos de datos e información sobre volcanes. ¿Qué hemos aprendido de este evento? Describimos cinco lecciones de este curso intensivo de vulcanología.

1. Los suelos son más fértiles después de la erupción.

La mayoría de los suelos derivados de cenizas volcánicas exhiben propiedades distintivas que no se encuentran en suelos derivados de otros materiales «parentales» con la misma vegetación y clima.

Esto se debe al hecho de que la ceniza volcánica se compone principalmente de vidrio volcánico que contiene, entre otras cosas, óxidos de sílice, aluminio y hierro que permiten la formación de arcilla cuando se erosiona.

Además, los suelos volcánicos tienen un alto contenido en carbono, se unen muy bien al fósforo y son muy porosos. En resumen, son muy ricos en nutrientes.

¿Cuándo se volverá a preparar el fondo del volcán La Palma? La formación de un suelo es el efecto combinado de cinco factores: material «más antiguo» –roca base-, clima, topografía, vegetación y tiempo. Un nivel edáfico pequeño puede tardar entre 100 y 150 años en formarse, pero un suelo bien desarrollado tardaría varios miles de años en formarse.

2. Produce gases que afectan la salud humana.

Cada erupción volcánica aporta diferentes gases y en diferentes proporciones dependiendo de la composición del magma, pero los más comunes son agua, dióxido de carbono, dióxido de azufre, sulfuro de hidrógeno, ácido clorhídrico, fluoruro de hidrógeno, bromuro de hidrógeno, hidrógeno, monóxido de carbono, azufre, cloro, flúor, nitrógeno y helio.

Casi todos estos gases son inherentes al magma en sí, a excepción del agua, que puede ser absorbida por el magma del entorno por el que se eleva o del propio entorno.

Con respecto al impacto sobre la población (o sobre el medio ambiente, es decir, cualquier criatura viva, planta o animal), este puede ser muy insignificante si el tiempo de exposición es corto.

Si el tiempo de exposición aumentara, sería necesario utilizar máscaras con filtros absorbentes de gases o incluso la evacuación de la población. La estimación del tiempo de exposición o «distancia» a la que los gases pueden tener un efecto nocivo para la salud y el medio ambiente viene dada por un valor llamado PEL.

PEL marca el límite de exposición recomendado para un compuesto químico por encima del cual puede haber riesgos para la salud. Se calcula tomando el promedio de 8 horas por día, 40 horas por semana y se mide en partes del compuesto (por ejemplo, CO₂) por millón (ppm).

Los efectos que pueden provocar en el organismo son muy variados, ya que depende del tiempo de exposición y de la concentración del gas. Tomando como ejemplo dos de los compuestos más comunes, el dióxido de carbono y el dióxido de azufre, el primero produciría en menos de un minuto que cualquier ser vivo quedaría inconsciente si respirara en una proporción superior al 11%.

El segundo, en proporciones entre 6 y 20 ppm, provoca irritación inmediata de garganta, ojos y nariz. Las concentraciones superiores a 10,000 ppm causarían serios problemas de piel y mucosas en los seres vivos en cuestión de minutos.

3. Las formas del magma cambian dependiendo de si ocurre una explosión o no.

Los magmas expulsados ​​de los volcanes lo hacen de forma masiva o irregular. En el primer caso se obtienen coladas de lava, más o menos líquidas según la composición del magma, que se mueven a muy distintas velocidades, además de esa composición, también de la superficie topográfica por la que se mueven.

Los productos piroclásticos, cenizas (menos de 2 mm), lapilli (entre 2 y 64 mm) y bombas (más de 64 mm) son el magma en sí fragmentado en varios tamaños por mecanismos de explosión.

Estos son más o menos intensos, según la composición de los magmas y el contenido de gas. Estas explosiones tienen lugar en la tubería o chimenea de erupción y este magma fragmentado se proyecta al aire a través de la columna de erupción para luego depositarse en la superficie topográfica.

4. Choque térmico cuando la lava llega al mar

Cuando un flujo de lava llega al mar, en lugar de explosiones, genera un «enorme silbido» que da lugar a grandes nubes blancas de vapor de agua. Esto se debe a la enorme diferencia térmica entre la temperatura de los flujos de lava y el agua de mar.

Simultáneamente, y debido a este repentino enfriamiento, se produce una fragmentación del magma en forma de pequeños trozos angulares de vidrio (llamados hialoclastitas) que se expanden en el ambiente y luego se depositan en las playas. Por lo tanto, cuando el flujo de lava de este volcán llegó al mar la noche del martes 28 de septiembre, produjo estas nubes blancas de vapor.

La emisión de gases nocivos para la población, junto con este vapor de agua, es poco probable o, de ser así, en muy baja concentración.

En primer lugar, porque la máxima emisión de estos gases se produce en la columna de erupción que emite el cráter del edificio y en segundo lugar porque, a medida que fluyen sobre la superficie topográfica, los arroyos se desgasifican continuamente, por lo que la concentración de gases nocivos con los que llegan al el mar sería muy escaso.

A medida que el flujo de lava ingresa al mar, se enfría, se consolida y se convierte en una roca sólida que lógicamente se hundirá en el mar y «agrandará» la superficie costera.

5. El dióxido de azufre puede causar lluvia ácida, pero menos que los humanos

La lluvia ácida se produce por la combinación de dióxido de azufre, ya sea de origen volcánico o antropogénico, con H₂O, ya sea en forma de vapor de agua o agua líquida.

Los volcanes activos producen alrededor de 3 x 10⁶ toneladas de SO₂ por año o, lo que es lo mismo, el 11%, mientras que las fuentes antrópicas, producidas por humanos, emiten 79 x 10⁶ toneladas por año, es decir, el 68%.

Obviamente, los volcanes no son los principales responsables de la lluvia ácida, aunque son los responsables de una liberación rápida y repentina de este gas. Solo durante las grandes erupciones volcánicas, que incluso cambian el clima del planeta durante varios años, la liberación de este compuesto genera una abundante lluvia ácida dañina para el medio ambiente.

Este artículo fue publicado en The Conversation

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