¿Están cambiando los cerebros de los niños y niñas a causa de la pandemia?


David Bueno y Torrens

DAVID BUENO Y TORRENS Profesor e investigador de la sección de Genética Biomédica, Evolutiva y del Desarrollo. Director de la Cátedra de Neuroeducación UB-EDU1ST., Universidad de Barcelona

Por lo que sabemos hasta el momento, el Covid-19 apenas tiene consecuencias neurológicas importantes si los infectados son niños y niñas. Sin embargo, eso no significa que su cerebro saldrá ileso de la pandemia. Sobre todo porque las restricciones que les ponemos pueden afectar a su desarrollo cerebral. Y con ella su próxima vida mental, ya que está en el cerebro, en sus conexiones neuronales, donde se genera y gestiona todo nuestro comportamiento.

El delicado equilibrio entre rutinas y novedades

Nos gustan las rutinas porque nos dan confianza. Pero también nos gustan las novedades, porque son fuente de nuevos retos e incentivos. Por eso combinamos rutinas con novedades.

Ahora pensemos por un momento en lo que hemos hecho rutinariamente hoy, y el margen que hemos tenido para introducir innovaciones deseadas que traen nuestro bienestar. Y comparémoslo con lo que hicimos hace tres años, por ejemplo en enero de 2019. Seguro que hay diferencias que nos quedan muy claras.

Sin ir más lejos, hace tres años nadie salía a la calle con mascarilla, ni se planteaba hacerse un test de antígenos (test que hubiésemos pedido), ni contaba cuántas personas podían sentarse juntas en la terraza de un bar.

Tampoco sabíamos si teletrabajar o ir a trabajar en persona, o si el aula de nuestros hijos e hijas estaría en cuarentena.

Tal vez hace tres años nos hubiésemos quedado con amigos el fin de semana o después del trabajo, para tomar un café o una copa, sin pensar con cuántos estaríamos. Y hubiéramos llevado a nuestros hijos e hijas al parque oa sus actividades extraescolares favoritas con más frecuencia.

La pandemia del covid-19 ha cambiado nuestras rutinas y las oportunidades que tenemos para ajustarlas como queremos, para nuestro disfrute. Ha cambiado para los adultos, pero también para las niñas y los niños. La pregunta es, ¿podrían estos cambios, provocados por el necesario manejo de la pandemia, afectar el desarrollo de sus cerebros?

El desarrollo neurológico de «los niños de la pandemia»

Desde que comenzó la pandemia hasta la fecha se han publicado cerca de un centenar de artículos científicos, además de varios informes de otras instituciones, desde la OCDE hasta la UNESCO.

Desde un punto de vista estrictamente médico, la infección por el virus que provoca la covid-19, el SARS-CoV-2, en algunos casos graves, puede provocar problemas neurológicos en determinadas personas. Lo cual, en el caso de niñas o niños, podría interferir en su desarrollo neurológico. Sin embargo, las evidencias médicas reunidas hasta el momento indican que los niños y niñas no son los más afectados por el Covid-19. Además, los síntomas que presentan son leves en la mayoría de los casos.

Lo que quizás no sea tan ligero es cómo las restricciones que les pongamos (para contener la propagación de la pandemia y limitar las hospitalizaciones) afectarán su desarrollo cerebral. Y con ella su próxima vida mental, ya que está en el cerebro, en sus conexiones neuronales, donde se genera y gestiona todo nuestro comportamiento.

No podemos ignorar que a la fecha, 188 países de todo el país han impuesto el cierre de escuelas en algún momento durante la pandemia, afectando a más de 1.500 millones de niños y jóvenes.

La ansiedad, el estrés y la ira mastican el aire.

El distanciamiento social, el uso de mascarillas, la limitación del número de personas en reuniones sociales, las cuarentenas y el encarcelamiento han impactado negativamente en el bienestar de las personas. Todos los estudios hasta la fecha indican un aumento general de la ansiedad, el estrés, la tristeza, la depresión e incluso la ira. De hecho, recientemente se ha descubierto una correlación entre la duración de los confinamientos y cuarentenas y la manifestación de síntomas de estrés postraumático.

Por supuesto, algunas personas la padecen más que otras, dependiendo de su temperamento y del apoyo que reciban de quienes les rodean. Pero se siente en la sociedad en su conjunto. Y además, pensando en la infancia, se ha comprobado que estos estados de ánimo se “contagian” de padres a hijos.

Todas estas respuestas conductuales y emocionales corresponden a la idiosincrasia humana. Somos una especie social, por lo que cualquier restricción en las reuniones sociales aumenta el nivel de ansiedad, estrés y tristeza.

Se añade que el miedo a enfermar o a que nuestros seres queridos también aumenten estos parámetros. Y puede provocar reacciones de enfado, al no poder afrontar adecuadamente la situación. Que sean constantes no significa que estén exentos de consecuencias a medio y largo plazo, especialmente en niñas y niños.

La razón es simple: el cerebro construye sus redes neuronales interactuando con el entorno. Cualquier cambio en el medio ambiente afecta así la construcción del cerebro. Esto es lo que se denomina plasticidad neuronal, y es máxima durante la infancia. Por ello, la infancia es la etapa de la vida donde más nos afectan los factores ambientales, siendo los tres primeros años de vida los más vulnerables.

Emociones bajo la máscara

Sin ir más lejos, en la primera infancia niñas y niños aprenden qué son las emociones y cómo se expresan. Lo hacen observando las caras de los adultos. Bueno, el uso de máscaras reduce este aprendizaje. E incluso se ha visto que cuesta aprender el idioma. Sin duda, esto afectará a su futuro, aunque es difícil predecir hasta dónde llegarán.

Otro aspecto importante es la reducción del tiempo que los niños y niñas dedican a jugar con otros niños y niñas, tanto por limitaciones sociales como por la supresión o reducción de actividades extraescolares. Jugar con los compañeros es crucial para un desarrollo cerebral sano y equilibrado. No solo aspectos importantes, como la socialización, el trabajo, sino que incluso los juegos parecen mejorar la función cerebral y es una de las principales formas en que aprenden a hacer frente a situaciones futuras inesperadas. Y eso incluye aspectos de resiliencia.

A todo esto hay que añadir el contacto con la naturaleza y el aire libre, que también se ha demostrado que es fundamental para un desarrollo neurológico equilibrado durante la infancia.

Contratiempos y falta de apoyo emocional.

Por otro lado, nadie discute que la pandemia está provocando situaciones adversas. Y resulta que cuantas más experiencias negativas tengas durante la infancia, mayor será el riesgo de retrasos en el desarrollo cognitivo. Y también aumenta la probabilidad de que los problemas de salud mental se manifiesten en la adolescencia y la edad adulta, como abuso de sustancias, depresión, trastorno de estrés postraumático, síndrome obsesivo-compulsivo y otras afecciones psiquiátricas.

Uno de los pilares para superar la adversidad es la interacción entre las personas, que brinda apoyo emocional. Pero muchas de las medidas tomadas, como cierres, cuarentenas y restricciones a las reuniones sociales, están poniendo en serio peligro estas interacciones. Es la pescadilla mordiéndose la cola.

Este hecho tiene implicaciones para el bienestar de niños y niñas, perjudicando incluso la consolidación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) impulsados ​​por Naciones Unidas, muchos de los cuales van dirigidos a la infancia, como destaca UNICEF en un reciente informe.

Proteger a los vulnerables

No se trata de alarmar, ni mucho menos. Debemos aprovechar el conocimiento científico que ha surgido de este y otros trabajos para evitar que las personas más vulnerables, aquellas que pueden tener efectos más duraderos, niñas y niños, vean su vida mental dañada por las limitaciones que les imponen los adultos. por los cambios sociales que resultan de estas limitaciones y de los miedos que les transmitimos, muchas veces sin darnos cuenta.

En última instancia, se trata de alentarlos a socializar más, manteniendo los centros educativos y las actividades que desarrollan lo más abiertos posible. Y siempre apoyándolos emocionalmente, evitando trasladarles nuestros miedos y angustias.

Este artículo fue publicado en La conversación

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