Huérfanos digitales: diez riesgos de crecer en internet


María Solano Altaba Decano de la Facultad de Humanidades y CC. Comunicación Universidad CEU San Pablo, Universidad CEU San Pablo IGNACIO BLANCO-ALPHONSO Catedrático de Periodismo en la Universidad CEU San Pablo (Madrid, España)

A estas alturas del siglo XXI, cien años después del apogeo de la sociedad de masas, se sabe que los medios moldean el conocimiento de las personas en la medida en que alteran nuestra capacidad de percibir la realidad.

Como advirtió Walter Lippmann en 1922, «Aprendemos en nuestra mente a ver vastas áreas del mundo que nunca podemos ver, tocar, oler, oír o recordar». Advertencia de la que se deriva una idea simple pero revolucionaria: la mayor parte de nuestro conocimiento del mundo exterior no proviene de nuestra experiencia directa, sino de la historia que otras personas nos transmiten sobre ese mundo.

La importancia de esta idea radica en que la realización de nuestra ciudadanía –al menos en las democracias liberales– está directamente determinada por la cantidad y sobre todo por la calidad de la información disponible.

Los trastornos de la información actuales (fake news, infodemia, infoxicación, discurso de odio, filtros de burbujas, cámaras de eco, etc.) son significativos porque configuran la realidad social que percibimos, desde la que actuamos y tomamos decisiones. Por lo tanto, no se puede demorar un análisis en profundidad de cómo las personas interactúan con los medios.

Contenido/contenedor de simbiosis

Desde que McLuhan nos convenció de que “el medio es el mensaje”, hemos asumido que el emisor determina el contenido por un lado; y por otro, la forma simbiótica en que nuestras mentes lo decodifican. Es decir, el contenido está indisolublemente ligado al contenedor.

En esta línea teorizó Giovanni Sartori en Homo videns. La sociedad controlada a distancia sobre cómo la televisión está cambiando la forma en que las personas interpretan el mundo. ¿Qué significa, se preguntó Sartori, que los niños de hoy aprendan a ver televisión antes de aprender a leer?

Dos proposiciones contrapuestas: ¿supercapacidades o limitaciones?

Veinticinco años después, la pregunta provoca vértigo al observar la naturalidad con la que los niños interactúan con la esgrima, incluso antes de que aprendan a caminar. Este formidable hecho está en la raíz del debate entre quienes sostienen que Internet nos hará una especie más limitada (esta es la tesis de Nicholas Carr en Superficiales. ¿Qué le hace Internet a nuestra mente?); y los que vislumbran a un humano con capacidades sin precedentes (esta es la tesis de Jeroen Boschma e Inez Groen en Einstein Generation: smarter, fast and more social).

Inmigrantes, nativos y huérfanos digitales

Cuando se habla de cómo interactuamos con la tecnología, es inevitable recurrir a la clasificación de Marc Prensky de «inmigrantes digitales» (adultos que han aprendido el lenguaje digital, pero aún recuerdan el lenguaje analógico) y «nativos digitales» (jóvenes de la Generación Z). – nacidos después de 1985 – para quienes lo digital es su lengua materna).

En la medida en que el ecosistema digital ha cambiado la forma en que nos comunicamos, la brecha entre las nuevas generaciones y sus padres será considerada una de las más grandes de la historia. Este desacoplamiento entre padres e hijos hace especialmente necesaria una adecuada formación en el uso de las nuevas tecnologías.

Sin adultos que guíen a los más pequeños en el proceso de socialización mediática que antes se daba de forma natural en casa, corremos el riesgo de que los «nativos digitales» se conviertan en «huérfanos digitales».

La pantalla en mano ha prohibido una escena cotidiana de las generaciones analógicas: la de la familia reunida frente a una misma pantalla y compartiendo noticias, películas, series y programas de entretenimiento. Esta foto en tonos sepia contrasta con la imagen distópica actual que proyectan nuestros niños y adolescentes aislados, que consumen terabytes de información, sin la referencia de un adulto que los acompañe y ayude a comprenderla, contextualizarla y apreciarla.

Diez riesgos para las nuevas generaciones

En base a este escenario, podemos resumir los diez principales riesgos a los que se enfrentan las generaciones futuras que merecen nuestro compromiso de corregir la alfabetización mediática para fomentar el pensamiento crítico.

Se ha perdido la jerarquía de la información. La cultura digital ha liquidado la función prescriptiva del profesional de la información, como explica el filósofo Byun-Chul Han en In the Swarm. Las redes sociales sitúan cada mensaje en un nivel de equivalencia intelectual, y ya nos cuesta distinguir lo importante de lo anecdótico.

No sabemos quién está hablando. La celebrada democratización del acceso a los canales de comunicación de masas, antes exclusivos de una minoría profesional, ha tenido un efecto inesperado en el anonimato de los emisores, anonimato sobre el que -por cierto- no existe la menor intención regulatoria. Sin embargo, en la medida en que no sabemos quién nos está hablando, no podemos sentir su intención comunicativa y evaluar la calidad del mensaje.

Más información, pero menos información. Asistimos a un proceso exponencial de acumulación de información que en algún momento se convierte en desinformación. Debido al colapso de nuestra capacidad de asimilación, nuestro conocimiento no aumenta significativamente en un momento dado. El lema minimalista «menos es más» se aplica aquí.

La tiranía de la brevedad. El código comunicativo de Internet es la inmediatez, en parte porque la atención en las pantallas es extremadamente frágil. Esta circunstancia hace que los hechos no puedan ser tratados con la profundidad y el contexto necesarios. Asistimos a una twittificación o fragmentación del mundo en frases de 280 caracteres.

Emocionalidad exagerada. La monetización de contenidos difundidos en internet ha desatado una guerra sin cuartel por la atención del usuario. Esta batalla se libra a diario con contenido emocional, lo que provoca daños colaterales: las noticias relevantes tienen menos audiencia que las frívolas.

Noticias falsas y desinformación. La difusión de bulos, información incompleta, descontextualizada y medias verdades socava la confianza de los ciudadanos en toda la información que circula en el ámbito público. Como se ha dicho muchas veces, el riesgo no es que la gente acabe creyendo noticias falsas, sino que deje de creer en noticias auténticas. En este sentido, existe el riesgo de que el escepticismo excesivo de los jóvenes lleve a una pérdida general de confianza en las instituciones.

Cajas de resonancia multimedia. La dieta de información del usuario digital se crea con contenido seleccionado por algoritmos opacos propiedad de empresas tecnológicas privadas. La sobreexposición de los jóvenes a las redes sociales basada en garantizar la homogeneidad de los contenidos reducirá su capacidad crítica al reducir la exposición a pensamientos diferentes.

Polarización y discurso de odio. Al perder la perspectiva que ofrecen una variedad de enfoques, los jóvenes tenderán a radicalizar su propia perspectiva, caldo de cultivo para el discurso de odio y la polarización ideológica.

Espiral de silencio. La llamada cultura de la cancelación genera temas que no se deben discutir. La autocensura implica una pérdida de libertad y una disminución del pensamiento crítico, hasta el punto de que los jóvenes tienen miedo de salir de la corriente principal.

La dictadura de los «me gusta». Uno de los principales riesgos para los menores es el desarrollo de su personalidad en la cultura de la aceptación y el reconocimiento constante. Los efectos sobre la autoestima son devastadores, como muestra el documental The Social Dilemma.

En definitiva, nos enfrentamos a tiempos convulsos y cambios vertiginosos en todos los ámbitos de la vida. Al igual que nuestros antepasados ​​hace un siglo, miramos hacia el futuro sabiendo que el mundo de ayer se está desvaneciendo y algo nuevo está por comenzar.

Somos una sociedad hiperconectada e hipermediada como nunca antes en la historia. Por tanto, la alfabetización mediática es imprescindible, es decir, promover el pensamiento crítico, que no es más que crecer y, como señala Jonathan Haidt en La transformación de la mente moderna, “aceptar que la vida es conflicto y la democracia es debate”. Tienes que estar preparado.

Este artículo fue publicado en
La conversación‘.

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